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Ilustración: Almighty

Portada

Recuerdos de Ruanda

Por César Figueroa.

Una historia construida con retazos de memoria que ilustra hasta dónde puede llegar la condición humana

 

Desde los primeros días en África, Fernando Ruiz Sierra fue consciente de que su relación con esas tierras sería una experiencia muy profunda. Primero se le coló ese intenso olor a naturaleza que parecía resguardado por los thorn trees o árboles de sombrilla. Después ese olor se fue mezclando con el de la enfermedad y la pobreza de aquella gente que lo consultaba en su estancia como médico voluntario de Naciones Unidas. Más adelante fue la violencia, y entonces llegaron los aromas de la brisa de sangre: el olor penetró hasta el fondo.
“La gente no tenía ningún apego a la vida, y la muerte era sólo algo que estaba muy a la vuelta de la esquina y así lo deseaban. Para la mayoría vivir representaba mucho dolor. Esa alegría natural del africano casi había desaparecido de sus aún inquebrantables vidas. Ellos caminaban en la orilla del asfalto siendo atropellados y muertos por centenas por los camiones y autobuses que circulaban por las carreteras a toda velocidad. Ellos no decían nada, no co-
rrían, no se movían fuera del camino. Era sorprendente, era como si desafiaran a los conductores a que los mataran para que dejaran de sufrir en este mundo, para ellos tan lleno de infelicidad”, recuerda Ruiz Sierra.
Como médico voluntario de Naciones Unidas en la ayuda a Refugiados, a Fernando Ruiz Sierra le tocó ver la cantidad de gente enferma, las secuelas y la miseria que estarían, por doce años en que permaneció por esos sitios, frente a él: enfermedades infectocontagiosas, cáncer, carencia de medicamentos, entre otras cosas. Ruiz Sierra paulatinamente se fue adentrando en esa parte humanamente más compleja y difícil de los territorios africanos. Vio dotadas de carne, de huesos, de sangre a la miseria y la enfermedad. Vivió las carencias estructurales que se tenían para enfrentarlas. No es que Ruiz Sierra no estuviera ya curtido. Si no más bien era que quizá, y aun sin quererlo, su estancia en África era un contacto intenso con las partes más oscuras y más complejas de la condición humana.
Tal vez el problema del SIDA sea ilustrativo de aquellas condiciones. Su contagio, cuenta el médico, rebasaba por mucho su transmisión por vía se-xual. “La misma pobreza obligaba a que se utilizaran las jeringas para aplicar vacunas y medicamentos en varios pacientes sin ser cambiadas por lo menos por otras estériles. Lo pavoroso era que cuando se compraban agujas para las jeringas que se esterilizaban, se nos daba una piedra cuadradita y áspera para limar y afilar las agujas para seguir usándolas una y otra vez, hasta estar tan chatas las puntas que ya no podían utilizarse”.
Si ya el escenario de la salud era complicado, al doctor Ruiz Sierra le tocó convivir con la presencia de algo peor. A esos contextos de pobreza y de enfermedad donde se desenvolvía el médico, sólo le faltaba la violencia como forma cotidiana, la masacre en vivo, todos los días. Una de las partes más oscuras de la pobreza, considera Ruiz Sierra.

Eran los meses más duros cuando formó parte de un grupo de ayuda humanitaria que apoyó en esos territorios. De los doce años que permaneció en África, dos de ellos los pasó en Ruanda. Justo durante los días más difíciles: los hutus masacraban a los tutsis sin más justificación que una aparente diferencia racial. Eran días en que la muerte tenía un costo cuando la gente tenía que pagar para morir de manera inmediata por el impacto de una bala y no hacerlo desangrados, después de que se les cortaran pies o manos; aquellos días en los que, en la huída masiva buscando la frontera con Uganda, la gente iba dejando a sus enfermos graves o a sus muertos en la orilla del camino, llenos de hormigas o en estado de putrefa-cción; aquellos en que la gente caminaba invadiendo la carretera sin importar el flujo de los automóviles. “Incluso se sentaban muy cerca como retándonos a atropellarlos, como si pidieran misericordia para que los matáramos y de esa manera dejar de sufrir la pobreza y la gran desesperanza en que vivían”, dice Ruiz Sierra.
No había duda: para el médico la experiencia en África sería intensa y a la vez contradictoria. “Aprendí a convivir con otro lado oscuro de la pobreza: la guerra y sus fatales consecuencias en el completo concepto literal de la palabra salud. No es lo mismo estar pobre que, además de serlo, se tenga una guerra en el territorio. Eso da más desesperanza, más indolencia, mayor injusticia, más desesperación y por lo mismo más pobreza, hambre, enfermedades y su larga secuela de muerte cruel”.
A pesar de que han trascurrido trece años, la historia vivida por el doctor Ruiz Sierra, no deja de perder vigencia. Es una revisión de la condición humana que, para ser comprendida, para acercarse a ella, parece necesario no soslayar sus lados oscuros. En la violencia se transgreden barreras físicas, emocionales, sociales. Y tal vez por ello sea una de las situaciones en que se encuentra uno con la condición humana tan a flor de piel. Ruiz Sierra lo sabe. Ahora cuenta su historia, algunos de esos años oscuros en el contiente africano.

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