Un retrato de la violencia y la sangre que
corre en las pandillas centroamericanas
Ven mamacita, necesito un favor tuyo! –le dijo el Pava a Jessica.
– ¿Qué quieres vato? –lo encaró la joven.
– Pues la onda es que quiero que mates a mi mujer…
– ¿?
– … porque me ha cagado el palo con otro vato.
El favor que el Pava solicitaba fue como un balde de agua fría en el rostro de la joven. La respuesta fue atrope-
llada. No entendía qué estaba pasando y mucho menos por qué le estaban pi-
diendo que cometiera aquel asesinato.
– ¿Cómo voy a matarla?, me he criado con ella, hemos vivido juntas, somos amigas –alcanzó a decir en un intento por deslindarse del asunto.
– Pues sí, pero yo te estoy pidiendo ese favor y tú me lo tienes que hacer porque yo soy de la pandilla y ella no.
Jessica insistió en su negativa, pero fue inútil. El Pava, uno de los pandilleros más influyentes de la organización y jefe de una de las “clicas” más poderosas de El Salvador, se había empeñado en que Jessica asesinara a su mujer.
Con la angustia atorada en el pecho y la imagen de su amiga en la cabeza, la joven pandillera consultó el incidente con el Crasy, su marido. El veterano pandillero, recluido en una prisión de máxima seguridad acusado de haber cometido seis homicidios y condenado a más de 60 años de cárcel, le recomendó que no lo hiciera.
Pero la pandilla no admite negativas cuando un jefe le solicita un favor a uno de los sicarios de la organización. Y así se lo hicieron saber a Jessica.
La insistencia de la joven para no cometer el asesinato que le habían encargado, alegando amistad con la víctima, fue aplastada en una “junta general” convocada en El Salvador. Allí estaban todos los jefes y todos los “soldados” de la pandilla.
Allí le reclamaron su rebeldía y le dejaron claro que no había posibilidad de “echarse pa´trás”. “Era una orden de arriba –le dijeron–, una orden de jefe de clica”.
A partir de ese momento Jessica quedó marcada para siempre. Matar a su mejor amiga por órdenes de la pandilla no era un acto precisamente ho-norable y aquella decisión le lastimaba profundamente. Pero no había opción. “Es una orden general y si no la llevo a cabo me matan”, pensó, mientras planeaba cómo poner fin a aquella pesadilla.
La mujer del Pava acudió a la cita. Se instaló en la casa de Jessica y se dispuso a departir con su anfitriona, que la había convocado para charlar. Al cabo de un rato aquella reunión de amigos se transformó en tragedia.
El rostro de la mujer del Pava se desfiguró de pronto en un rictus de dolor. Un par de machetes le habían atravesado el cuerpo y le desgarraron los intestinos.
Dos años y medio después, Jessica recuerda el incidente. “Participó otro (pandillero) conmigo; la picamos con machetes y luego la enterramos en el patio de la casa. Teníamos un cementerio clandestino en donde yo vivía anteriormente; ahí asesinaban a los bichos y ahí mismo enterraban a las personas”, dice la joven con escalofriante normalidad.
La historia de Jessica está inmersa en la evolución de una de las organizaciones del crimen organizado más violentas y sanguinarias de América Latina, que ha provocado verdaderas masacres por el control de territorios en países de Centroamérica. En la región se le conoce como Mara Salvatrucha.
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